miércoles, 10 de septiembre de 2014

SUEÑA

Escucho retumbar en mis oídos, los pasos que recobran vida. 
Vuelo de picaflores anunciando flores.
Pero todo está oscuro, acuoso y misterioso.
Siento nuestros latidos acompasados y sonrío.
Que locura maravillosa, escalofríos en mi cuerpo.

Esperar que suceda, que quieras presentarte.
Será de mañana, de tarde o el duende juguetón esperará la noche.
Te acaricio sin verte, en mis días eternos. Cuento horas meses y lunas.
Mi cuerpo, desbordarte de colores y aromas grita tu llegada cada ves más cercana.
Plena como nunca, mi espíritu desborda como una llamarada.

Te abrazo en mi regazo por fin veo tu cara, te reconozco todo.
Detalle por detalle, tus piecitos pequeños, tus ojazos grandes.
Te traje al mundo libre, deseo que lo logres.
Que disfrutes la vida con fuerza de gigante.
Viajaremos unidos entre sueños y soles.


LILIANA PARRA ♥





martes, 5 de agosto de 2014

Aquel Día

Aquel cuerpo sufrido
Con sus pulmones destruidos.
Viendo aquel viejo
 Sus manos que parecían ríos
Aquel pelo blanco como lluvias de nieve.
Sus ojos cielo despejado
Yacía en la cama
Ya en agonía
Tomándome de las manos,
 Pidiéndome que me vaya
Inmóvil me quedé
Despidiéndome de mi abuelo
Me miró al fallecer
Despidiéndome con una sonrisa
Y muriéndose a mi lado.

                                                                                                        Sabrina Gongalvez Neto

ESCAPE

Me subo al coche para escaparme de ese maldito hijo de perra.
Está lloviendo, pésimo día como yo.
Me dirijo hacia capital, hay un tráfico de locos.
Mi vecino de al lado está escuchando música tecno , odio esa música.
El hijo de perra me está atosigando con llamadas; tengo un mezcla de llanto y odio.
Salgo del coche en espera, me prendo un cigarrillo.
Entro al coche, pongo música lenta, me pongo a llorar, la apago.
El tráfico todavía me jode.
Quise dormir pero no,  no hay forma.
Me duele el ojo derecho, ese hijo de perra me dio una trompada.
Me duele la costilla porque la otra vez me dio una patada, dejándome tirada en el piso.
Salgo del coche, empiezo a caminar, casi me infarto, aquel perro está en un coche cerca del mío, ladra con furia hacia mí.
Al final atiendo a ese hijo de perra, me pide perdón, tengo una mezcla de llanto y odio.
Ese tráfico me hartó.
Voy a regresar caminando a casa, al final el hijo de perra no me va a pegar dentro de un mes.

                                                                                                                   
                                                                                                           Sabrina Gongalves Neto

sábado, 5 de julio de 2014

Hombre

 

Es soledad cósmica sostenida por porfía.
Es un viajero limitado por la brevedad del viaje.
Es arena suspendida entre vientos contrapuestos.
Es un signo de interrogación que escudriña una respuesta.
Es un volcán insatisfecho que desea  erupcionar en las antípodas.
Es una caravana de sed acumulada en busca de un oasis.
Es la duplicidad perpetua entre el alma y los sentidos.
Es un vaso de ouzo celebrando el pensamiento.
Es Alejandría arrasada por los árabes.

Es una casualidad inteligente que inventa su destino.


                                                                                           Cristina Salera

EL LEGADO


                                                                       “…antes que exale  mi último suspiro,
                                                                       deja, amor, que revele mi legado.”   
                                                                                 John Donne

El teléfono sonó cuando  tenía las manos llenas de masa pegajosa. El olor de la manteca mezclada con el azúcar, envolvía la nostalgia del día gris, amparándola un poco del malhumor que se había levantado con ella esa mañana y no parecía dispuesto a abandonarla.
-Siempre pasa lo mismo- dijo enojada. ¿Y si no atiendo? Total, me  pueden dejar un mensaje.-
 Empezó a contar: uno, dos, tres, cuatro...y no aguantó. La aguda regularidad del timbre, la ponía tan nerviosa como la certeza de que a la quinta vez, se disparaba el contestador. Al levantar el tubo,  escuchó la voz de su madre que decía:
-Nina, te quería avisar que murió Enrique Fesole. –
 ¡Qué costumbre la de su mamá en los últimos tiempos! La ponía al tanto, con minuciosa prolijidad, de la muerte de personas con las que había perdido contacto hacía casi una vida. Con la amigable familiaridad que los ancianos hablan de la muerte, a la que primero miran desde lejos, con recelo y a la que terminan cediendo un lado de la cama,  agendaba en su memoria la lista  de decesos y de paso la obligaba a tener al día la suya.
-Ma, estaba haciendo una pastafrola y repartiendo masa por todos lados. ¡Qué macana lo que me estás contando! ¿Pensás ir al velorio?-
- Qué estás diciendo, nena, si cuando se jubiló se fueron a vivir a Corrientes. Te lo dije muchas veces.-
-Bueno viejita, en ese caso te llamo cuando termine y me contás bien -.
Enrique Fesole. Petiso y gordito. Siempre usaba bombachas beige tableadas, botas criollas  de color marrón, impecablemente lustradas, camisa blanca almidonada y pañuelo al cuello. Era el administrador de la estancia “Los Toldos “…  sintió que sus ojos se iban llenando de lágrimas a medida que se introducía en el recuerdo. Otra puerta cerrada para siempre. Para siempre.
-¿Y qué? Hace más de cuarenta años que no lo ves- se dijo en voz alta.
Y también en voz alta se contestó:
-No importa. Hasta hoy, si hubiese querido, hubiese podido. Pero a partir de ahora, ya nunca más.-
¡Lo pasaba tan bien en la estancia! El callejón de acceso al casco, franqueado a ambos lados por viejísimos álamos, era interminable. Había que abrir más de diez tranqueras para llegar. Le parecía una aventura  bajar y subir del auto a cada rato. Tenían escuela para los hijos de los peones, con casa para el maestro. Y su propia carnicería, provista con hacienda de la estancia, que despedía un tufo verdoso, insoportable en verano, porque las heladeras de entonces no podían competir con el calor. Frotaban la carne con vinagre, tratando de atenuar  el olor.
A la esposa le decían Titina. Siempre  angustiada  porque al marido le gustaba demasiado el vino tinto. Siempre servicial y con una bondad tan innata que apenas se le notaba.
A Enrique le apasionaba bailar tangos con cortes, más exagerados a medida que  los vapores báquicos de la noche conquistaban posiciones. Invitaba a cualquier mujer  y se ofendía si le decían que no.  A la mamá de Nina, en una ocasión, se le ocurrió decirle que lo que estaba tocando la orquesta en ese momento era el Himno Nacional, y que los que estaban bailando, estaban tan ebrios que no se daban cuenta.
Nina siguió reviviendo en colores y olores meticulosos la historia de Enrique, tan ciertamente  muerto según  su mamá y de repente tan lleno de vida en su memoria,  que no  había necesitado tenerlo en cuenta  hasta ese  instante, el de su definitiva  desaparición.
La pastafrola  reclamaba, con su aroma maduro, que la saquen del horno.
Nina, con un repasador a cuadros en la mano, la cabeza llena de recuerdos y el corazón lleno de congoja, tuvo la revelación. Tal vez su madre  empezó a contarle  las muertes, no como costumbre morbosa adquirida en la vejez, sino cuando comenzaron a suceder.
Y la lógica de la cronología, le señaló con frialdad, que ella estaba primera en la lista, después de su mamá. Heraldo generacional. Emisaria de cierres. Era la depositaria de los recuerdos que seguían.

                                                                                                           CRISTINA SALERA


jueves, 26 de junio de 2014

LA VENGANZA

El centro era un hormiguero, pero ya le quedaba poco para llegar a su casa. Con sólo tomar un subte, ya terminaría con ese sufrir vivido por tantos papeleos burocráticos. El ska que venía escuchando casi que calmaba su mente, lo mantenía aislado de ese tsunami formado por la gente al entrar y salir de los vagones. Llegó con su transporte a plaza Miserere – ya falta poco, camino un par de cuadras y estoy en casa- se decía a si mismo con una voz cansina. En un momento, más adelante sobre su misma vereda, le pareció ver una silueta familiar contemplando una vidriera. Trataba de deducir quién era aquella persona, se trataba de una mujer, pero no podía discernir de donde la conocía. Su andar lo llevaba a acercarse cada vez más a ella. Sus fatigados ojos, que habían sufrido una noche de mal sueño, mucho Internet y la falta de sus anteojos que supuestamente no debían quitarse; se esforzaron por descifrar la identidad de la mujer y por fin este intento fue el definitivo. La sorpresa que obtuvo fue desagradablemente grande, la mujer era Sofía, su flamante ex-pareja desde hacía ya dos meses.
La mañana había sido ya lo suficientemente mala para cerrarla con ese encuentro por lo que decidió aminorar su velocidad y cambiar el curso de sus pasos. Encogía los hombros como si esto pudiera hacerlo invisible. –¡Martín!- se escuchó a las espaldas del joven que siguió caminando como si sus oídos no entendieran español. –¡¡MARTIN!!- se escuchó de nuevo en medio del tumulto, pero esta vez con una fuerza e insistencia que el  muchacho no pudo evitar voltear y así cruzar su mirada con la de ella.
Sofía corrió hacia él y le dio un abrazo. El pobre no sabía cómo ocultar sus emociones. Su separación fue madura pero sólo en apariencia ya que Martín la amaba con locura y ella le rompió el corazón con su alejamiento. Es por eso que la odiaba, la odiaba tanto porque la amaba tanto y esos sentimientos más que contrarios, son como hermanos. Se pasa de uno a otro con frecuencia, pero están emparentados.
Su abandono le hizo perder la confianza en las mujeres, le destruyó la autoestima, le ennegreció el corazón y sobre todo engendró un profundo odio por ella en su interior. Pero por dentro mantenía una imagen calmada y austera, que daba a entender que ellos podían ser amigos de todas formas. Y es esa imagen la que Sofía comprendía.
Ella lo saludó con mucho cariño portando su brillante sonrisa y sus hermosos ojos, tras sus lentes ovalados. Martín le siguió la corriente pero sin dejar de pensar lo mucho que la odiaba, deseaba que ella muriera en ese mismo instante, que alguien viniera a asaltarlos y antes de irse le diera un mortal tiro a su ex-novia. Pero nada pasaba y ella solo seguía hablando de su nueva vida, su nueva pareja y su nuevo trabajo. La sonrisa formada en el rostro de Martín se tendría que traducir como el mayor enfado del mundo. Pensaba que esta chica no merecía una vida tan feliz, es mas no merecía una vida siquiera por lo que le había hecho. Se elevaron un poco sus cejas, cuando recordó que dentro de su mochila tenía una trincheta que había traído del trabajo. Sería rápido. Un golpe en el cuello y su rabia estaría saciada. La idea rodeó su mente un minuto pero se alejo rápidamente, había mucha gente alrededor mirando y serían muchos los testigos de su acto vengativo.
Sofía se ofreció acompañarlo un par de cuadras hasta su casa, pensó él que esto traería una nueva oportunidad. Llegaron al primer semáforo mientras aún le hablaba de forma constante. Martín tuvo un nuevo plan, un simple empujón eso era todo, un empujón que la arroje al tránsito. Tal vez no podrían culparlo, tal vez piensen que había cruzado mal la calle. Acercó muy despacio sus manos a su espalda, sus ojos estaban fijos y sus dientes mordían su labio inferior. Sin embargo en el último segundo, el semáforo cambió de color frustrando otra vez su deseo.
Llegaron a la puerta de su departamento. Sofía le pidió si podía devolverle un libro que dejó olvidado la última vez que estuvo allí, dijo que dentro de este tenía anotado un celular importante que necesitaba. Aceptó Martín sin dudar, pensó que esta podía ser la chance definitiva para castigarla. Subieron al pequeño ascensor y presionó el botón del piso cinco donde él vivía. El cubículo casi que los obligó a estar pegados. Esta vez no hablaron, solo esperaron hasta que la máquina los llevara a su destino. El botón de emergencia estaba detrás de Martín y fue así que comenzó a confabular un nuevo plan de venganza. –Trabo  el ascensor y la mato acá nomás- retumbaba una voz en su cabeza que casi no parecía la suya –usa la trincheta –dijo la voz ya tratándolo en segunda persona. Una mueca chueca se dibujo en su boca. Pero fue demasiado largo su pensar, ya que en un suspiro el ascensor había tocado el piso pedido. Entraron ambos al departamento y entre el desastre bibliográfico que Martín tenía junto a su cama, comenzó a buscar el libro. Cuando abrió el cajón de la mesa de noche para buscar el libro, se encontró con el arma que había comprado hace ya unos meses. El arma con el que había comenzado a practicar tiro en el polígono junto a un buen amigo que lo convenció. Serviría esa práctica tal vez, para drenar un poco el odio que esa mujer parada a sólo unos pasos había dejado en él. Su mano pasó por encima  del revólver, lo rozó un momento con las yemas de los dedos. Lo tomó y tratando de sofocar el ruido, jaló el martillo hacia atrás –esta vez sí –se oyó del aire que pasó delicado entre sus dientes apretados, casi inaudibles. Volteó, solo para chocar con un beso de una pasión desmedida sobre sus labios. Dejó en su lugar el arma. Sus brazos quedaron extendidos y sus ojos abiertos de la sorpresa. A su vez los brazos de ella se envolvían en su nuca y sus ojos permanecían cerrados y húmedos de lágrimas. Rodaron en la cama que estaba tan cerca.
Aún así, estando sobre ella, el pensamiento de Martín no se posaba en su cuerpo ni en su rostro, sino en su cuello. Era el momento ideal para ahorcarla, para acabar con el alma de esta ninfa que tanto dolor le había causado. Más Sofía lo volteo a un lado de la cama y era ahora ella la que tenía el mando sobre el cuerpo del vengativo muchacho. Una oportunidad mas que se esfumaba.
Despertó Martín luego de horas de sexo y sueño por el ruido de la puerta al cerrarse. Saltó de la cama y tomando el revólver se dirigió hasta el pasillo a buscar a su víctima para evitar su escape, pero nadie estaba para apuntarle. El corredor estaba vacío. Volvió a entrar intentando armar en su cabeza, una explicación lógica de lo que había pasado. Caminaba por el monoambiente desordenado estirando sus músculos. Luego salió al balcón con el arma aún en la mano. Miró al cielo, respiró hondo y la puso sobre su cien; jaló el martillo y choco fuerte sus parpados. Abrió los ojos justo cuando pensó que sería su último respiro y vio a su ex alejándose por la vereda. Extendió su brazo y le apuntó lo más a la cabeza que le resultaba posible. Puso el dedo en el gatillo, exhaló todo el aire para no moverse y tener un mejor disparo. Vio a la mujer que mas odiaba en el mundo dar vuelta a la esquina, sin que él pudiera dispararle. En un gran suspiro dijo –que se muera- tiró el arma junto a una maceta y entró otra vez a la casa. Con una mano ponía la pava y con la otra se secaba las lágrimas. 


EZEQUIEL OLASAGASTI

miércoles, 25 de junio de 2014

EL HERMANO MENOR

Desde el instante en que abrió los ojos  para salir de un sueño oscuro y pringoso, y mientras se esforzaba por dar una lógica a sus pensamientos, sólo tuvo una seguridad: había llegado al estadio más bajo de las conductas humanas.
Con esfuerzo logró levantarse del sillón donde  se había dormido y trastabillando, fue hasta el baño. El gusto ácido de su boca lo asqueaba  y sin mirarse al espejo se cepilló los dientes. Se lavó la cara con agua bien helada, y recién en ese momento se atrevió a mirarse de frente; con horror descubrió que su camisa tenía una enorme mancha roja.
Esa visión lo ubicó definitivamente en la inexorable realidad. Hacía apenas unas horas había dado muerte a su hermano.
El resentimiento acumulado en toda una vida explotó  con su magma de recuerdos.
Su niñez había sido como la de cualquier niño,  pero con la llegada de su hermano  todo cambió.
Se había apurado demasiado a llegar a este mundo, y era pequeño y enfermizo. Nunca se olvidó de las noches insomnes escuchándolo  toser y resoplar con sus ataques de asma.
 “Horacio es más débil”, era la muletilla de su madre. Y sí, era el más débil, y con el tiempo comprendió que esa debilidad la podía manejar a su antojo. Los ataques recrudecían cuando el padre, que era el único que entendía ese manejo, lo reprendía cada vez que pisoteaba sus cuadernos, o rompía sus juguetes.  Pero cuando su papá murió, todavía joven, la madre no encontró otro incentivo en su vida que velar por el hijo menor, mientras que él debió abandonar los estudios para conseguir un trabajo que pudiera cubrir las necesidades de los tres.
Con el tiempo, Horacio se iba transformando en un joven apuesto y con todos los atributos de su edad, que pudo terminar una carrera a  sus expensas, mientras que él vegetaba en un triste empleo municipal.
El día de la graduación, habían ido a cenar afuera y en el momento del brindis la madre le dijo “aprendé de tu hermano menor, que con la cruz de su enfermedad tuvo el coraje de terminar una carrera”, mientras que Horacio aseveraba: “mamá somos pocos los nacidos para el éxito”
Recuerda que abrió la boca para decir que Horacio había dejado de ser un enfermo crónico, y recordarles que en sus logros algo había tenido que ver su sacrificio. Pero no se atrevió a hacerles frente. Fue cuando comprendió que a lo largo de su vida sólo había aprendido a callarse, ejercitando su cobardía.

Y ahora su madre acababa de morir, después de una larga enfermedad, que él se encargó de velar. Lo hizo con conciencia,  sin ninguna palabra de agradecimiento y preguntando por Horacio que viajaba constantemente y del que jamás tenían noticias.
No había pasado un mes, cuando Horacio, que ahora era un hombre de gran fortuna, se presentó en la casa para reclamar su parte.
De nada sirvió explicarle que su vivienda era la casa familiar, y que no tenía medios para poder dejarla.
“El viernes a las diez de la noche estoy por acá, y si no me das una respuesta afirmativa, te las tendrás que ver con mis abogados”, había dicho antes de retirarse con un portazo.

Y el viernes llegó, y a las diez en punto el hermano tocaba el timbre.
Él había sido siempre un hombre pacífico, perruno casi, pero esa  vez estaba decidido a reaccionar, ante el primer insulto de su hermano.
Tal cual lo imaginara, Horacio no escuchó razones. “Necesito la plata para hacer un negocio importante, sólo te pido lo que me corresponde”, insistió.
- Sentate- dijo él, y lo llevó a un sillón ubicado de espaldas a la cocina.
Cuando  volvió a exponerle su ruinosa situación, de los labios de Horacio, salieron las palabras que necesitaba para hacer efectivo lo planeado “Siempre fuiste un fracasado”.
-Estamos los dos muy nerviosos- dijo arrastrando las palabras, y agregó – con un poco de alcohol, tal vez nos tranquilicemos. Enseguida vuelvo.

Utilizando toda la fuerza de que era capaz, golpeó la nuca con un tirante que había separado del cuarto de los trastos viejos, y una vez que su hermano estuvo en el suelo, fue a buscar  el hacha que alguna vez el padre había usado para talar un árbol.


Ahora sólo se recuerda con la bolsa de residuos, negra y pesada, arrastrándola por el jardín,  hasta llegar al cuarto del fondo.

                                                                                            ELENA TAURISANO