jueves, 29 de mayo de 2014

PARA TI



Sabes que te espero entre realidades agotadas y sueños pasajeros.
Entre arco iris de vida, después de noches oscuras de tormenta.
Camino interminable y sin retorno. 
Locura disfrazada de cordura, que lo confunde todo.
Te fuiste lo se, pero también el sol se esconde y luego vuelve.
La primavera le da paso al verano y el río desemboca en el mar.
Quien predice el final nadie lo sabe ¿y si todo vuelve a comenzar?

¡Si todo vuelve a comenzar YO TE ESTARÉ ESPERANDO!

  Liliana Parra Moranchel 

miércoles, 28 de mayo de 2014

MIRO VIBRO Y SUEÑO

Miro hacia adelante y tropiezo con tus ojos negros. 
Miro tu piel que me envuelve, hasta lo más profundo.
Miro tus labios que se unen a los míos, como mieles.
Miro tus manos que acarician tiernamente mi cabello.

Vibro a tu compás, como alondras en cortejo.
Vibro cada ves que pronuncias mi nombre.
Vibro cada mañana a los despertares juntos.
Vibro cuando abrazados nuestras almas se funden.

Sueño más allá de lo soñado.
Sueño con la magia del encuentro. 
Sueño como una adolescente enamorada.
Sueño en el otoño de mi vida. 

MIRO VIBRO Y Sueño, por  nuestro amor eterno.

LILIANA PARRA MORANCHEL 


VERTIENTE

Mis pies pisaron ese arroyo,
mientras nuestros ojos,
se exploraban desde las profundidades.
Vertiente fría, que alimenta los sueños.
Sueños eternos compartidos, entre miradas cómplices.

Lenguaje mágico, de jóvenes y eternos amantes.
Pies cansados, que resisten el camino.
Manos arrugadas y torpes, que no olvidan el lenguaje, de la tierna caricia.
Abrazos llenos de perfumes, en  noches de luna llena.
La vida unió nuestras almas, con alas de ángeles divinos.

Seguros, de que la eternidad es el destino.

LILIANA PARRA MORANCHEL

LLAMADOR DE ANGELES

Después de una noche totalmente desvelada, me levanto cansada de dar vueltas en la cama.
Pongo a calentar un café y como autómata recojo el diario del jardín. Leo los titulares, el horóscopo y los obituarios; costumbre que me dejó mi padre .Según  él era importante para mandar las condolencias porque en el pueblo todos nos conocíamos.
Me pongo mis mejores ropas ya que hoy es un día especial, después de estar más de quince años en este departamento pequeño y alquilado, voy a escriturar mi primera casa. Un  taxi me espera, subo y saludo cortésmente al chofer y reviso nuevamente mi cartera para asegurarme que ningún documento falte.
La reunión transcurrió como era de esperar y en menos de dos horas tenía en mis manos una escritura que confirmaba que yo, STELLA MARIS ROJAS, titular del domicilio cito en la calle… ya no pude leer más, mis ojos se cubrieron de lágrimas.
Salgo desbordada de alegría directamente a la casa de Susana, mi amiga incondicional de toda la vida. Me recibe y nos fundimos en un abrazo interminable, sus manos grandes frotan mi espalda a modo de caricia materna mientras dice: “sabes amiga, siempre supe que lo lograrías, todas esas horas de trabajo extra, privaciones y tu constancia para ahorrar”, mientras me hablaba, como una película pasó por mi cabeza, los últimos años de mi vida.
Susana ya tenía en sus manos las llaves de su auto y como dos adolescentes, fuimos riendo y hablando a la vez, camino a mi nuevo hogar.
Tengo que reconocer que cuando me paré frente a la puerta, mis piernas se aflojaron y mi cuerpo temblaba como una hoja sacudida por el viento.
Frente a mí, se erguía un caserón antiguo con sus paredes descascaradas y ennegrecidas de humedad, postigo de madera destartalado una parte del alero caído, un llamador de ángeles de finas piedras celestes que brillaba con el sol, vidrios partidos y un yuyal que solo dejaba un fino camino para pasar.
Mi felicidad me hacía verla tal cuál mi mente pensaba arreglarla, radiante como un sol de verano.
El primer invierno fue difícil, con las primeras lluvias descubrí que caía más agua adentro que afuera, urgía arreglarla, contrate un señor que tuvo que levantar y cambiar todo y se llevó mis únicos ahorros.
Nada salía como yo lo había planeado, mi estado de ánimo variable era insostenible, de la risa al llanto, del silencio al grito, el descontrol se apoderó de mí. La depresión me llevó a no comer, comencé a bajar de peso, mis ojeras negras y marcadas comenzaron a llamar la atención de mis amigos y compañeros de trabajo.
No sé muy bien en qué momento tuve la sensación de que no estaba sola, fue como si la casa cobrara vida, percibí que alguien me observaba todo el tiempo.
Al principio ignoré algunas situaciones, pensé que era cansancio. Las distracciones cada vez más frecuentes, no querían ver la realidad.
La primera noche que lo sentí, yo estaba cocinando y él pasó detrás de mí, me abrazó un perfume varonil que me envolvía con una suave brisa, sentí un estremecimiento nunca antes vivido, me paralicé y no pude siquiera pestañar, la habitación se congeló como o más que yo.
Cada día, nuevas situaciones se sumaban, los muebles y los adornos aparecían cambiados de lugar, ruido de pasos, canillas que se abrían y dejaban correr el agua a borbotones como un río de sangre, ropas del placard que aparecían sobre la cama, cortes  de luz sin explicación y el llamador de ángeles que sonaba curiosamente aunque no hubiera viento.
Ante semejante situación, dudé si mi salud mental estaba en peligro. Se sumó que por las noches escuchaba el fino tintinear de cristales chocando suavemente como en un brindis.
Sin decir que pasaba, traté de averiguar por el barrio la historia de la casa, si  alguien había conocido a sus antiguos moradores. Todo era silencio, como un pacto me miraban con recelo y miedo. Solo después de muchos días, una anciana que pasó por la puerta me dijo por lo bajo: “El señor que vivía aquí se suicidó ahogándose en la bañera, una tragedia”, y sin más, desapareció de mi vista.
Así fueron pasando los meses y yo acostumbrándome a vivir acompañada. Llegué a poner a la hora de la cena dos platos en la mesa, y para mi asombro, mientras comía, la silla frente a mí se corría como si alguien ocupara ese lugar.
Ya no sabía si era mi imaginación o la realidad, ¿era un límite que nunca había cruzado?
Comencé a dejar de salir salvo en situaciones inevitables.
Leía por las noches mis libros en voz alta convencida de que él me escuchaba.
Llegué al punto de no diferenciar la noche del día, lo único que me traía a un cierto acercamiento con lo que había sido mi vida, era cumplir el rito de leer el diario. Primero los titulares, después el horóscopo y por último los obituarios.
   Ah, me olvidaba de contarles, hace unos meses en uno de ellos decía:
“A mi amiga STELLA MARIS ROJAS, este es mi homenaje porque fue condescendiente conmigo y me aceptó tal cuál soy. Dios la tenga en la gloria, nunca te olvidaré, tu amiga Susana”.



                                                                                          LILIANA PARRA MORANCHEL♥

ROSITA

Abro los ojos y todo está oscuro a mi alrededor. Intento desperezarme y me doy cuenta que no puedo mover el brazo izquierdo. Paulatinamente me acostumbro a la escasa luz que entra por una hendija y empiezo a ver algunos objetos que están a mi lado: dos carteras de cuero desgastadas, una campera abrigada que hace años no veía, un juego de almohadones, y una bolsa llena de fotocopias que aprisionan mi miembro superior, acalambrándolo y sin permitir que lo mueva a voluntad. Alcanzo a leer en la bolsa que contiene apuntes, una leyenda que reza “Estadística- 2003”(sí, tengo mas de 25 años y en este cuarto de siglo aprendí a leer, aunque ella no lo sepa).
No entiendo mucho que sucede, ni donde estoy. Intento hacer memoria y recuerdo que hasta anoche estaba en el lugar donde vivo desde hace seis años, en mi lugar favorito de la casa: en la biblioteca. Pero ahora no veo a Sábato, ni a Cortázar, ni a Allende, ¿será que llegó mi hora? Quizás aquella rana de felpa tenía razón el día que se despidió de mi: “Tarde o temprano se va a deshacer de vos también, ya no es una niña, es una adulta, y los adultos no juegan con osos de peluches”, me dijo.

De repente, mientras una lágrima se caía de mis ojos de plástico y la nostalgia de la llegada de la despedida invadía mi corazón de goma espuma, el piso comenzó a moverse. Los almohadones y la campera también se movían, rotando por encima de mi cuerpo. Incluso los apuntes de Estadística cambiaron de posición, liberando a mi brazo izquierdo, el cual se sintió aliviado.
“Tirala sin tanto cuidado, que no hay nada que se rompa adentro”. Era su voz. La reconocí al instante y me angustié súbitamente. No podía creer que sin preámbulos, sin una charla de despedida, ni una lágrima derramada, pudiera deshacerse así como así de mí, después de tantos años.
Mi vida junto a ella se me pasó velozmente como una película por mi cabeza. El día que la ví por primera vez noté con ternura que tenía que ponerse en puntitas de pie para verme, exhibida como estaba, detrás del mostrador. Muchos no creen en el amor a primera vista, pero yo sí. Apenas la ví,  apenas me vió supimos que teníamos un largo camino por recorrer juntas. Pocas veces se lo pude decir con palabras, los osos de felpa sabemos que no corresponde a los buenos usos y costumbres hablarle a las personas. Y mucho menos cuando son adultos. Existen numerosos tomos en la biblioteca de los juguetes en los que se comprueba científicamente que cada vez que un adulto confiesa que ha conversado con alguno de nosotros, autoridades oficiales se encargan de separarlo del resto de los adultos, acallándolo con pastillas de colores. Diferente es el caso de los niños, con ellos sí se puede hablar y tener largas conversaciones, nos cuentan sus alegrías, sus hazañas y muchas veces lloramos juntos a escondidas. Pero llega un día, mas tarde o mas temprano, en el cual dejan de hablarnos, simplemente nos miran y cuando les hablamos ya ni reconocen nuestras voces y miran sorprendidos buscando de dónde vienen esas palabras. Ese día, ese triste día, se convierten en adultos. Y aprenden que no está bien visto seguir durmiendo con nosotros, ni llorar abrazados a nuestro cuerpo de peluche, ni llevarnos a las reuniones sociales. Pocos adultos siguen haciéndolo, pero son los que finalmente terminan encerrados, con cócteles de pastillas de diferentes formas y colores.
Por eso nosotros los peluches, cuando llega ese día en el cual nuestros fieles amigos dejan de tratarnos como pares, entendemos que la sociedad ha logrado quebrantar su ingenuidad y la magia de su niñez. Y que ya están preparados para ser seres socialmente productivos, trabajar nueve horas diarias, mirar el noticiero, esconder sus emociones y no hablar más con ositos de felpa.  Ese día, sabemos que debemos dejar de hablarles y resignarnos a ser olvidados en un baúl, llenos de polvo y suciedad. En el mejor de los casos somos regalados a otros niños, con quienes podemos volver a jugar y a conversar, pero nunca es lo mismo, todos sabemos que el primer amor nunca se olvida.
-¿A dónde vamos?- Dice de repente un almohadón interrumpiendo mis pensamientos.
-No lo sé, pero por el movimiento creo que estamos viajando sobre cuatro ruedas, me recuerda a cuando llegue a la ciudad- Responde una de las carteras desgastadas por el uso.
-Debe ser el camión de la basura. Estadísticamente el 78,9% de las fotocopias terminamos en él. Es el fin- Agregó, fatalista como siempre, la bolsa de apuntes del año 2003.

Yo por mi parte no podía creer que esta fuera la despedida. Las voces de mis compañeros de caja se entremezclaban en comentarios progresivamente más pesimistas, hasta que logré la abstracción mental suficiente para poder dejar de escucharlos. Creo que en algún momento, incluso logré dormirme.
-Fin del recorrido, llegamos.- Me despertó la voz de un hombre desconocido.
-Gracias, yo me ocupo del resto.- Contestó ella, que ya no tenía que ponerse en puntas de pie para alcanzar las cajas y bajarlas del camión.
Ni bien desapareció la voz del conductor, comencé a notar como los rayos de luz empezaron a enceguecer mis ojos.
-Bienvenida a nuestro nuevo hogar Rosita- Me dice. - Si estás de acuerdo continuarás viviendo en la biblioteca. No me preguntes cómo, pero sé que siempre fue tu lugar favorito de la casa. ¿No es verdad?
No le contesté, después de todo no quería que la internaran.

DANIELA DELGADO

UN HOMBRE EN EL CROPISCULO

Hacía mucho tiempo que no se acercaba a un cropísculo, tanto que al principio no recordó bien qué era y dudó algunos minutos entre aproximarse a él o continuar con su camino. No suele haber cropísculos en los manicomios, por razones obvias dicen…

Por lo tanto hacía dos mil cuatrocientos cincuenta y dos días que no veía uno. Sí, llevaba seis años, ocho meses y veinte días en el manicomio. Los tenía contados. Hay pocas cosas que hacer allí adentro, quizá por eso la costumbre de contar los días, como los presos. Recuerda lo que le dijo  una tarde Fabían, entre amargo y amargo: “¿Sabés lo que pasa flaco?, los de afuera necesitan quedarse tranquilos que son diferentes a nosotros, que los locos estamos adentro, bien delimitados por el muro que nos separa. Así se protegen de pensar que algo de esto puede pasarle a ellos, creyendo que la línea divisoria entre la locura y la “normalidad” es tan alta y rígida como el paredón del hospicio”.

               “¿Un cropísculo acá adentro?, ¡qué extraño!” Se preguntó Luis. “¿Quién se lo habrá olvidado?”. Miró a su alrededor y no había nadie en el largo pasillo del pabellón. Temeroso y vacilante se acercó entonces y miró a través de él. Al principió la imagen con la que se encontró le pareció difusa.  Una pared mal revocada y con la pintura gastada y sucia por el paso de los años, fue lo primero que observó. En ella había escritas fechas, nombres, frases, las cuales estaban superpuestas y se le volvían inteligibles. La suciedad, los hongos y el paso del tiempo hacían imposible la lectura de las mismas. Pensó en seguir con su camino, después de todo al parecer no había nada interesante que ver a través del cropísculo.
Estaba a punto de marcharse, desilusionado, cuando de repente, detrás del cropísculo lo vio. Sentado en un banco del hospicio, cebándose un amargo, se hallaba un viejo con un sobretodo marrón. Los pocos pelos canosos que le quedaban se dejaban mover suavemente por el viento de aquel agosto cruel. “¿Será un paciente nuevo?” Se preguntó Luis. “¡Qué raro, nunca lo vi por acá!”, pensó y se acercó un poco más al cropísculo para ver si llegaba a distinguir quién era.
               El viejo, mientras tanto, se cebó otro mate. Si se lo miraba con detenimiento se podía observar sus ojos cansados, su piel arrugada y su mirada triste. Su ropa, tan gastada como su piel, dejaba entrever el daño que había ocasionado el paso de los años en ella.
El viejo suavemente sacó un cigarrillo del bolsillo de su sobretodo, lo encendió, y entre pitada y pitada se cebó otro amargo. Luis, mientras tanto, continuó mirándolo a través del cropísculo y mientras más fijamente lo observaba, más patente se le volvía la sensación de cierta familiaridad con aquel anciano. “De algún lugar conozco esos ojos verdes, los he visto antes.” Pensó Luis. “No acá adentro, pero los he visto antes”. Tomó coraje entonces y se animó a hablarle al hombre que se encontraba detrás del cropísculo.
               -“Ey señor. Sí, aquí, detrás del cropísculo, ¿me ve?. Disculpe la interrupción, pero creo que nos hemos conocido antes, ¿lleva mucho tiempo acá adentro?”,le preguntó Luis al viejo.
               -“Dos mil cuatrocientos cincuenta y dos días pibe. Exactamente dos mil cuatrocientos cincuenta y dos días. ¿Te preguntarás por qué tanta precisión? Es que hay tan pocas cosas que hacer acá adentro…
               Luis lo miró desconcertado. Intentó esbozar una palabra, pero no pudo. Antes que eso suceda lo sorprendió Estela, la enfermera nueva del pabellón.
               -“´¿Qué haces con mi cropísculo, Luis?, ¿Dónde lo encontraste? Llevo horas buscándolo, necesito retocarme el maquillaje que tengo una cita a la salida del hospital”.


Daniela Delgado

ESCUALOS

Navegar en aguas profundas
tan profundas como la soledad.
Esa soledad de abuelas sin nietos,
esos nietos que no conocieron sus propios mares
mares que a veces devuelven historias
tremendas historias asediadas por escualos.
Escualos que desgarraron vidas.
En esos mares oscuros las abuelas bucean
y siguen tendiendo redes,
porque saben que un día
los escualos dejarán los inmensos mares
para poblar los acuarios de la justicia.
Las redes cubrirán las heridas abiertas
por los antiguos pobladores.
Esos, los más miserables.


Adriana Bargallo

Mayo 2014