sábado, 13 de junio de 2015

Deje su mensaje después del tono


El teléfono sonó cuatro veces y saltó la contestadora: “Hola. No estoy en casa. Seguramente estoy en la clase de yoga o en la de inglés. O simplemente paseando. (Risas) LLamáme más tarde. Besitos. Delia.” Volvió a marcar y escuchó detenidamente cada palabra. Trataba de aislar los sonidos del ambiente y creaba en su cabeza la escena. Podía, a través del teléfono, ver aquella casa donde se crió. Así lo hacía varias veces, escuchando repetidamente su voz.
Su mamá debió estar sentada en aquel sofá viejo, testigo de miles de momentos, a la hora de grabar ese mensaje.  La podía ver sentada en el borde del apoya brazos. Así lo hacía cada vez que usaba el teléfono. Pensar en el sillón lo guió a visualizar el living. El sillón marrón de tres cuerpos, y otros dos más pequeños solían rodear la mesita ratona. ¿Se encontraría repleta de revistas? Revistas de costura, de arte, de cocina. La pared blanca y los cuatro cuadros con las fotos de; ella y el viejo cuando se casaron, la de Juan (su hermano mayor) cuando ingresó al servicio militar, la de Roberto (su hermano más chico) cuando se recibió de Doctor y la de él, sentado en el cordón de la vereda, despeinado y con un cigarrillo en la mano. ¿Estaría su foto aun colgada en la pared? No podría saberlo. Siguió recorriendo su casa con la imaginación. Visualizando cada espacio, cada rincón. Se paseó por la cocina y recordó los domingos en la mesa. Los debates, los silencios y sobre todo reparó en los olores y en los sabores. Los sahumerios que se prendían todos los sábados después de la limpieza y el vaso con sal detrás de la puerta. Una costumbre que su mamá adquirió desde muy joven y jamás se la pudieron sacar.
De un momento a otro, pensó en su habitación. Y aunque intentó recordar algún detalle, solo recordó lo que dejo allí aquel jueves por la tarde. Sus libros, sus discos, sus fotos y su colección de monedas. Dedujo que todo estaría tapado por el polvo o bien arrumbado en el galponcito. La imagen lo entristeció. Pensó en el jardín; en la inmensidad de aquel lugar donde dio sus primeros pasos con la bicicleta. Pensó en el limonero frondoso y recordó a su viejo dándole con el cinto para que diera mejores limones. Los sábados por la mañana cuando cortaban el pasto y cómo cada uno tenía su tarea asignada. El siempre se encargaba del rastrillo. Hacia montículos de pasto para que Roberto los guardara en la bolsa de consorcio y Juan, el más fuerte, los deje en la vereda para ser recolectado.  
Volvió a marcar y antes que sonará por cuarta vez, atendieron. “Hola….” Cortó. No volvió a marcar.
***
Como cada viernes a las 16:45 el teléfono sonaba sin parar hasta las 17:00 o hasta que ella atendiera. Al principio, creyó que era un gracioso que lo único que quería era molestar. Hasta que se dio cuenta que era él. Su respiración uniforme, su silencio y sobre todo su persistencia lo delataron. No lo notó el primer viernes, sino mucho después. Cada vez que ella atendía no volvía a llamar. Su corazón de madre le decía que era él y el detector de llamadas lo confirmó. Dejo de atender. Sabía que él solo escuchaba el mensaje de la contestadora, y volvía a llamar. Una y otra vez. Por eso, una vez al mes cambiaba el mensaje. “Hola… No estoy en casa. Estoy en el hospital con la tía Nelly. Dejame un mensaje y te devuelvo la llamada.”…En otra ocasión;  “Hola… No estoy en casa. Juancito fue papá. Estoy disfrutando a la pequeña Zoe. LLamame mas tarde.” O “Hola… Hoy es el cumple de Roberto. Estamos de festejo. LLamame mañana porque hoy vuelvo tarde….”
Una vez al mes, y por los últimos tres años, había cambiado el mensaje de la contestadora. Todo el mundo creía que lo hacía porque se aburría de lo mismo. No era extraño que Delia hiciera esas cosas. Una mujer divertida, alegre. Era de esperarse. Sin embargo, la razón era otra. Cambiaba de mensaje por que en el minuto y medio que duraba la grabación, le contaba a su hijo menor los últimos acontecimientos familiares. Así se comunicaban. Ella dejaba que el teléfono sonará y atendía como siempre a las cinco de la tarde. Hola… Hola… y él del otro lado, cortaba.
No estaba segura si él sabía que ella estaba al tanto de sus llamadas semanales. Jamás se lo mencionó a nadie. Ni siquiera a Juan, quien era el único que más o menos estaba al tanto de la situación de su hermano. No se hablaba de él hacía mucho tiempo. Aunque todos sabían dónde estaba y cuando saldría, los años pasaban como si el más chico de los Morales no existiera. Su recuerdo era un fantasma que habitaba en las fotos del living y nada más. No había nada más de él. Aquella foto había permanecido allí, por insistencia de su madre. Su padre ordenó tirar todo y borrar de su vocabulario su nombre y todo lo que se refería a él. “Dejo de ser mi hijo, dejo de pertenecer a esta familia”, dijo. Y jamás nadie le retrucó.
***

Cada viernes utilizaba los últimos quince minutos de su salida diaria para llamar a su casa y oír la voz de su madre. Oírla lo hacía sentirse bien, y le daba fuerzas para afrontar la semana. Ella, del otro lado, dejaba el teléfono sonar y sabía que él estaba del otro lado. Le hubiese gustado que no cortara cada vez que ella atendía, pero la vida y las decisiones los habían puesto en aquel lugar. Tal vez, algún día todo cambie. 

                                                                                                            ERICA VERA

13 de Diciembre

Llovía a baldazos y la humedad de sus pies no lo dejaba pensar. El viento arremetía con fuerza y le volaba el jopo. Intentaba calentarse la nariz, escondiéndola bajo la polera verde musgo que llevaba puesta. A pesar que en cada respiración, el desagradable hedor a metal, a grasa y aceite se le impregnaba en la nariz,  exhalaba dentro y la calidez de su aliento le devolvía la sensibilidad. Abrieron la puerta y tomó el número de la mano de un hombre gordo con cara de perro bulldog, que inspiraba miedo. A pesar que no sabía bien dónde dirigirse, no quiso preguntar y se acomodó en un costado de la enorme sala del Hospital Posadas. Consultó la hora; eran las siete de la mañana y aun no amanecía en ese invierno helado de Junio. Las piernas le temblaban debido al frio y al cansancio físico que experimentaba. Venia de trabajar y hacia exactamente  veinticuatro horas que estaba despierto.  El cuerpo le enviaba mensajes subliminales; se le aflojaban las piernas, le dolía la espalda, la cabeza le daba vueltas. Necesitaba descansar.
El calor de la sala lo cobijó y lo hizo bostezar. Adentro, al reparo del frio y de la lluvia, se estaba un poco mejor. Giró la cabeza y vio que aun quedaban muchas más personas afuera, de las que habían en la sala. Se apiadó de ellos y para no dormirse parado, comenzó a conjeturar las razones  que deberían tener para realizar semejante vigilia en búsqueda de un maldito turno. Inmediatamente pensó en Susana, su mujer, que ya debería estar en viaje a su casa. Seguramente ya estaría en la estación de Ramos Mejía esperando el tren a Moreno, para luego tomarse el 501 hasta La Reja.
Se despidió de ella a las 9:30 de la noche anterior, antes de irse a trabajar. Aun no llovía. La dejó en el hospital con una banqueta, un pochito tejido y un bolso donde llevaba un termo con café, papel higiénico, una revista y dos paquetes de galletitas Don Satur. Todas las provisiones para pasar la noche en las afueras del hospital y así, conseguir un turno para Laurita. A las 6:30 se dieron un beso frio y se despidieron. El la suplantaría.
Iban por el numero 14 y él tenía el 28. A medida que la gente salía o se retiraba por los pasillos que se abrían para los costados, otros tantos ingresaban a la sala con su número en la mano. Algunos cartones eran verdes, otros rojos. El tenía uno verde. El bullicio era insoportable. Consultó la hora otra vez; las 7:40. Sus pies seguían fríos y húmedos pero el calor de las personas a su alrededor lo reconfortaban. Sonó el celular y era Susana que le avisaba que ya estaba en Moreno, esperando el 501. Cortó y su mirada se detuvo en una madre con un bebé en sus brazos que lloraba a los pies del perro bulldog. No alcanzaba a escuchar que se decían o de qué se trataba el escándalo. Lo supuso al ver al hombre cerrar la puerta de entrada y a las personas que aun permanecían fuera, partir con desolación y cansancio. No había más números. Era claro.
La mujer lloraba con fuerza y otra señora intentaba levantarla del piso y calmarla, pero no había caso. Poco a poco los llantos se fueron convirtiendo en gritos, en odio. Los gritos invadieron la sala y  junto al perro bulldog aparecieron otros dos hombres y una enfermera. Ninguno pudo calmarla. Quería un turno para el gastroenterólogo. No alcanzó a escuchar como solucionaron el problema porque la señorita que atendía en la recepción repitió su numero dos veces. Sintió alivio porque eran las 8 de la mañana y ya casi estaba todo finiquitado. No contó con la respuesta de la señorita. El turno para Laurita sería para el 13 de Diciembre. No lo podía creer y por eso preguntó tres veces, pensando que había oído mal.
—Lo siento señor. No hay turnos para la ginecóloga infantil hasta Diciembre.
—Pero mi hija lo necesita cuanto antes… verá… —intentó mostrarle la historia clínica y las ordenes.
—Lo entiendo. Pero no puedo hacer nada. No hay más turnos.
— ¿13 de Diciembre? ¿Antes no? Mire que es urgente…
Intentó convencer a la muchacha que lo miraba con cara de nada y apuraba sus palabras y le devolvía los papeles que él le daba y le mostraba.
—Por favor señorita. Fíjese otra vez. Hágame el favor.
—Ya me fije señor. 13 de Diciembre a las 10 am. ¿Quiere el turno?
—Sí. Claro que sí.  “No hicimos semejante sacrificio por nada” pensó.
—Recuerde que debe ingresar la historia clínica antes de hacerse atender. Ese mismo día.
— ¿Dónde la tengo que presentar?
—Tiene que sacar número, como hizo hoy. Pero esta vez le van a dar uno rojo. Pasa por aquí y nosotros lo derivamos inmediatamente.
— ¿Usted me dice que tengo que volver a hacer la cola toda la noche para que atiendan a mi hija?
—Sí señor.
Suspiró e inmediatamente pensó en la mujer con el bebé. Sintió su odio e indignación en carne propia. Aun así, agradeció a Dios por haber conseguido un turno.

                                                                                                                                  ERICA VERA



domingo, 7 de junio de 2015

260



No tengo ganas de leer
ni siquiera los apuntes de mi propia escuela.
Sólo quiero transcurrir este instante
a la espera del siguiente.
Será un recreo a mantenerse ocupado
en un trabajo (esperando una clase que ejercite el alma o el cuerpo),
en una clase (añorando una palabra o expresión de afecto),
en una charla grata (ilusionados con algún sueño),
aun viviendo un deseo pasado,
pero incapaces de verlo
o de detectar siquiera cuándo lo empezamos a cumplir.
Llevo una cuenta de esperas y sentimientos,
aunque la mayoría de las veces no los diferencie.
Todos son poesías, medio que encontré para conservarlos.
Cada vez se agranda más la colección
y todavía no descubro el objeto.
Si lo pensás con detenimiento
doscientos sesenta en cinco años
no es suficiente.
Es poca vida.


                                                                                        Mariana Delponte

miércoles, 10 de septiembre de 2014

MIRO VIBRO Y SUEÑO

Miro hacia adelante y tropiezo con tus ojos negros. 
Miro tu piel que me envuelve, hasta lo más profundo.
Miro tus labios que se unen a los míos, como mieles.
Miro tus manos que acarician tiernamente mi cabello.

Vibro a tu compás, como alondras en cortejo.
Vibro cada vez que pronuncias mi nombre.
Vibro cada mañana a los despertares juntos.
Vibro cuando abrazados nuestras almas se funden.

Sueño más allá de lo soñado.
Sueño con la magia del encuentro.
Sueño como una adolescente enamorada.
Sueño en el otoño de mi vida.

MIRO VIBRO Y SUEÑO, por nuestro amor incomprensible y loco unido de por vida.



LILIANA PARRA ♥

SUEÑA

Escucho retumbar en mis oídos, los pasos que recobran vida. 
Vuelo de picaflores anunciando flores.
Pero todo está oscuro, acuoso y misterioso.
Siento nuestros latidos acompasados y sonrío.
Que locura maravillosa, escalofríos en mi cuerpo.

Esperar que suceda, que quieras presentarte.
Será de mañana, de tarde o el duende juguetón esperará la noche.
Te acaricio sin verte, en mis días eternos. Cuento horas meses y lunas.
Mi cuerpo, desbordarte de colores y aromas grita tu llegada cada ves más cercana.
Plena como nunca, mi espíritu desborda como una llamarada.

Te abrazo en mi regazo por fin veo tu cara, te reconozco todo.
Detalle por detalle, tus piecitos pequeños, tus ojazos grandes.
Te traje al mundo libre, deseo que lo logres.
Que disfrutes la vida con fuerza de gigante.
Viajaremos unidos entre sueños y soles.


LILIANA PARRA ♥





martes, 5 de agosto de 2014

Aquel Día

Aquel cuerpo sufrido
Con sus pulmones destruidos.
Viendo aquel viejo
 Sus manos que parecían ríos
Aquel pelo blanco como lluvias de nieve.
Sus ojos cielo despejado
Yacía en la cama
Ya en agonía
Tomándome de las manos,
 Pidiéndome que me vaya
Inmóvil me quedé
Despidiéndome de mi abuelo
Me miró al fallecer
Despidiéndome con una sonrisa
Y muriéndose a mi lado.

                                                                                                        Sabrina Gongalvez Neto

ESCAPE

Me subo al coche para escaparme de ese maldito hijo de perra.
Está lloviendo, pésimo día como yo.
Me dirijo hacia capital, hay un tráfico de locos.
Mi vecino de al lado está escuchando música tecno , odio esa música.
El hijo de perra me está atosigando con llamadas; tengo un mezcla de llanto y odio.
Salgo del coche en espera, me prendo un cigarrillo.
Entro al coche, pongo música lenta, me pongo a llorar, la apago.
El tráfico todavía me jode.
Quise dormir pero no,  no hay forma.
Me duele el ojo derecho, ese hijo de perra me dio una trompada.
Me duele la costilla porque la otra vez me dio una patada, dejándome tirada en el piso.
Salgo del coche, empiezo a caminar, casi me infarto, aquel perro está en un coche cerca del mío, ladra con furia hacia mí.
Al final atiendo a ese hijo de perra, me pide perdón, tengo una mezcla de llanto y odio.
Ese tráfico me hartó.
Voy a regresar caminando a casa, al final el hijo de perra no me va a pegar dentro de un mes.

                                                                                                                   
                                                                                                           Sabrina Gongalves Neto